EE.UU. entra en fase de desaceleración: escenarios y riesgos para marzo y el segundo trimestre 2026
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- hace 4 días
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Por Andres Rioseco A., Chief Market Strategist.
El año 2026 comenzó con una narrativa clara de expansión nominal. El cobre aceleraba con fuerza frente al crudo, los activos high beta superaban ampliamente a los de baja volatilidad y los spreads high yield se comprimían de manera consistente, mientras que las expectativas de inflación a 5 años registraban una variación promedio de 20 días extremadamente positiva. El mensaje era inequívoco: crecimiento en aceleración, inflación implícita al alza y compresión de primas por riesgo. Sin embargo, en las últimas semanas esa dinámica cambió de manera transversal.
Hoy el S&P 500 cotiza en 6.856, después de haber alcanzado los 7.002 puntos en enero, acumulando una caída cercana al -2,3% desde ese máximo. El Russell 2000, por su parte, avanza un 0,92% en lo que va de febrero, pero ha cedido un 3.42% desde su peak en enero, llegando a operar en terreno negativo durante la segunda semana del mes. Pero la señal relevante no está en los niveles ni en las variaciones puntuales, sino en la pérdida de impulso y en la rotación sectorial que comienza a hacerse evidente a través de distintos segmentos del mercado.
El sector industrial, por ejemplo, aunque acumula un retorno de 6,43% en el año, dejó de liderar frente a utilities, que ya alcanza un 6,48% YTD. Puede parecer una diferencia menor en términos absolutos, pero desde el punto de vista cíclico es significativa: utilities es un sector tradicionalmente defensivo, que en fases de expansión fuerte suele rezagarse frente a sectores ligados al ciclo real. Que hoy iguale e incluso supere marginalmente a industriales sugiere un cambio en la preferencia del mercado hacia estabilidad y visibilidad de flujos.

Este mismo patrón se observa en los factores de estilo. Los activos high beta han perdido tracción frente a estrategias de baja volatilidad, reflejando una reducción progresiva del apetito por riesgo. El desempeño relativo lo confirma: el SPLV (Invesco S&P500 Low Volatility ETF) acumula un 5,77% en el año, mientras que el SPHB (Invesco S&P500 High Beta ETF) avanza solo un 4,82%. El giro no ha sido abrupto ni violento; ha sido gradual, consistente y extendido entre sectores y estilos. Precisamente por esa naturaleza progresiva y transversal, el cambio adquiere mayor peso desde una perspectiva cíclica, ya que no responde a un evento puntual, sino a una reconfiguración más estructural del posicionamiento de mercado.

Tasas e inflación que confirman
La curva de tasas también confirmó el cambio de régimen. El spread entre las tasas a 10 y 2 años, que a comienzos de año mostraba una aceleración clara hacia el empinamiento, hoy presenta una variación promedio de 20 días negativa cercana al -7,7%, reflejando un proceso de aplanamiento. No se trata de un movimiento desordenado ni de una señal de estrés inmediato, sino de un ajuste progresivo en las expectativas de crecimiento hacia adelante. Cuando la curva deja de empinarse y comienza a aplanarse en términos de impulso, el mercado está revisando a la baja la trayectoria futura del ciclo.

En paralelo, las expectativas de inflación implícita comenzaron a perder tracción. El breakeven a 10 años se ubica actualmente en 2,29%, luego de haber alcanzado 2,36% en enero. De manera similar, el breakeven a 5 años cotiza en 2,43%, frente a 2,53% observados a comienzos de año, lo que implica una corrección cercana a 10 puntos básicos. Más allá del ajuste en niveles —que no puede calificarse como abrupto— lo relevante es la dinámica: la variación promedio de 20 días del tramo largo pasó de +6,3% en enero a aproximadamente -1,72% en la actualidad. Bajo esta misma métrica suavizada, el tramo medio también perdió gran parte de su impulso inicial. En conjunto, esto sugiere que el mercado dejó de acelerar expectativas inflacionarias estructurales y comenzó a internalizar una desaceleración del crecimiento nominal, desplazando la hipótesis de un shock inflacionario persistente hacia un escenario de moderación cíclica.

El crédito valida la transición
El mercado de crédito fue el último en confirmar el giro. El spread High Yield OAS, el cual es una medida del riesgo crediticio y financiero en el mercado de bonos de alto rendimiento, se ubica en 2,94%, todavía lejos de niveles de estrés sistémico, pero su dinámica cambió de dirección. Tras meses de compresión, comenzó a ampliarse, pasando desde 2,64% a fines de enero hasta el nivel actual. No es un movimiento violento, pero sí consistente con una menor disposición a asumir riesgo especulativo.

Esta transición también se refleja en el desempeño relativo de los ETFs. El HYG (iShares High Yield Corporate Bond ETF) cotiza en 80,87 y apenas acumula un 0,32% en el año. En contraste, TLT (iShares 20+ Year Treasury ETF), que había iniciado 2026 con retornos negativos, ahora avanza un 2,93% YTD, llegando a máximos no vistos desde noviembre pasado. Más que una huida hacia seguridad, lo que se observa es una reasignación progresiva hacia calidad y duración, típica de fases donde el crecimiento pierde impulso, pero aún no colapsa.

Commodities y divisas como termómetro global del riesgo
En commodities, la señal es coherente con este ajuste. El crudo, en 66,50 USD por barril, mantiene soporte relativo, influido por tensiones geopolíticas en Medio Oriente y riesgos asociados a la oferta energética. Sin embargo, el cobre —uno de los grandes protagonistas del arranque del año— perdió tracción y retrocede un -3,47% en febrero, cotizando en 5,75 USD por libra. El cambio en el liderazgo relativo entre energía e industriales sugiere que el mercado ya no descuenta con la misma convicción una aceleración sincronizada del crecimiento global.

En contraste, el oro en 5.000 USD por onza refuerza su rol defensivo. A pesar de episodios de alta volatilidad, acumula un 2,05% en febrero y un notable 14,62% en 2026. La combinación de cobre debilitándose y oro fortaleciéndose es característica de entornos donde la prioridad deja de ser expansión y pasa a ser preservación de capital.
En divisas, el ajuste es igualmente consistente. El AUD/JPY en 109,23 mantiene un retorno mensual positivo de 0,91%, pero muy por debajo del impulso cercano al 4,4% observado a comienzos de febrero. La pérdida de tracción del dólar australiano frente al yen refleja una reducción progresiva del apetito por riesgo. Al mismo tiempo, el EUR/USD en 1,1765 registra una variación mensual negativa de -0,68%, interrumpiendo la secuencia positiva que venía desde noviembre. El fortalecimiento relativo del dólar y del yen desde mediados de enero sugiere un proceso de cobertura anticipada de cara al segundo trimestre más que una reacción a un evento financiero abrupto.

Cuando se superponen todas estas dinámicas —crédito ampliándose gradualmente, curva aplanándose, inflación implícita desacelerando en términos de impulso, cobre perdiendo liderazgo frente al oro y monedas procíclicas cediendo frente al yen— el mensaje deja de ser aislado y se convierte en estructural. Históricamente, esta sincronización entre activos no anticipa inflación persistente, sino fases de desaceleración del crecimiento nominal.
El contexto narrativo refuerza esta lectura. Las tensiones geopolíticas —riesgos en Medio Oriente, posibles sanciones y fricciones comerciales— introducen incertidumbre sobre energía y comercio internacional. A esto se suma un tono de política monetaria aún prudente, donde los bancos centrales reconocen avances positivos con respecto a la inflación, pero no validan recortes agresivos inmediatos. La energía puede sostener presiones de corto plazo, pero el endurecimiento marginal de condiciones financieras y la ampliación gradual de spreads actúan como freno sobre el crecimiento. El mercado parece estar internalizando esta dualidad: inflación menos acelerada estructuralmente y crecimiento perdiendo tracción.
Probabilidades, escenario y estimaciones
De cara a marzo, el escenario base —con una probabilidad cercana al 60%— es una desaceleración ordenada del crecimiento nominal hacia el segundo trimestre, con el PIB Real interanual moderándose hacia la zona de 2,8%–2,9% y la inflación convergiendo gradualmente hacia 2,4% en promedio trimestral. Este escenario implicaría breakevens estabilizándose, una curva manteniendo un flattening moderado y spreads ampliándose de manera gradual, sin dislocaciones sistémicas. Un escenario de reaceleración reflacionaria tendría alrededor de 25% de probabilidad y requeriría recuperación clara en la variación promedio de 20 días del cobre frente al oro, reversión en la dinámica del crédito y un renovado steepening en la curva (empinamiento). El escenario de mayor riesgo, con probabilidad cercana al 15%, sería una fase contractiva más profunda hacia el segundo trimestre, confirmada por ampliación sostenida y acelerada de spreads high yield, deterioro más amplio en las expectativas implícitas de inflación y fortalecimiento adicional del yen como activo refugio. Hoy no estamos en contracción severa, pero el mercado ya dejó atrás la expansión sincronizada que dominó enero. El ciclo no se ha quebrado; simplemente ha reducido velocidad, y el balance de riesgos se inclina más hacia menor crecimiento que hacia inflación persistente.

En este punto es importante subrayar que la dinámica actual no nos toma por sorpresa. Desde fines del año pasado venimos trabajando con un marco que contemplaba un primer trimestre aún sólido, seguido de una pérdida gradual de impulso hacia el segundo. Aún estamos en febrero, y la evidencia en tasas, crédito, rotación sectorial y activos globales continúa moviéndose dentro de ese corredor estimado. Nuestro enfoque —basado en Tendencia Ajustada a Volatilidad (TAAV), Ingeniería de Contexto y Macro Forecasting— busca precisamente anticipar estas transiciones antes de que se consoliden en los datos duros. El mercado es el territorio en movimiento; nuestras estimaciones siguen siendo el mapa estratégico. Y, por ahora, territorio y mapa continúan alineados.



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